Los valles Cereceda, Valmayor y Navalmanzano
Esta vez somos cuatro los que nos adentramos como dice el nombre de la ruta por esos maravillosos e inhóspitos valles que hay en las proximidades de Fuencaliente. Jorge, Jose, Juan y el que suscribe nos subimos en las burras a eso de las diez y cuarto junto al campo de fútbol de Fuencaliente.
Comenzamos la ruta subiendo La Colada del pueblo, una buena cuesta con la que entramos en calor rápidamente y que nos lleva a las Pinturas rupestres de La Batanera situadas al margen izquierdo de la Chorrera de los Batanes, una caída de agua espectacular y que continua hacia las famosas “Lastras”. Después de hacernos las fotos de rigor continuamos en busca del Robledal de la Cerecea. Seguimos subiendo por el Valle de la Cerecea dejando a nuestra izquierda Sierra Madrona y a nuestra derecha la Sierra de Norniyeros cuyas cumbres mantienen todavía algo de nieve de la última nevada.
Después de unas duras rampas llegamos al Robleo de la Cerecea. Allí contemplamos la belleza de este tipo de bosque y la paz que allí reina. Proseguimos hacia el Valle del río Valmayor adentrándonos en una finca particular y con el miedo de encontrarnos algún guarda que diera al traste con nuestra ruta. Ya en medio de esta finca seguimos contemplando a nuestra izquierda Sierra Madrona y a nuestra derecha la Sierra de Navalmanzano y la Sierra de Quintana. Buscamos entonces el paso del río Valmayor con el miedo de que vaya crecido y nos tengamos que dar la vuelta. Es aquí donde sufrimos como dirían en el Paris-Dakar un error de navegación y vamos a trasponer hasta la misma puerta del cortijo del guarda. Los perros del cortijo delataron nuestra presencia y aunque salimos de allí disparados como cohetes en busca del río, cuando íbamos a cruzarlo conscientes ya de que estábamos perdidos se nos presentó allí nuestro querido amigo el guarda, que después de decirnos lo mucho que nos quería nos invitó gentilmente a que con un par de huevos remontásemos río arriba y a la trocha hasta llegar al paso del río Valmayor. Le hicimos caso pero primero repusimos fuerzas y comimos a la orilla del río. Tras echarle un par, tal y como nos había aconsejado nuestro querido amigo, llegamos al badén de hormigón que cruza el río. Allí volvimos a coger el camino que estábamos buscando y que nos sacó de esa extensa finca. Son las tres menos veinte de la tarde y la ruta a estas altura se había convertido ya en toda una aventura y todavía nos esperaba la empinada subida por el robledo de Hontanillas. Este robledal es espectacular. A los robles aquí también les hacen compañía los quejigos. Se ve también mucho musgo cubriendo las cortezas de los árboles y de las piedras. Por allí arriba hay mucha humedad y esto lo hace posible. El camino es empinado y empedrado y después de todas las lluvias de este año tiene algunos tramos muy difíciles donde no queda más remedio que bajarse de las burras. Al llegar arriba y cerca de las Pinturas Rupestres del Burcio vemos a nuestra izquierda unas buitreras situadas en el Peñón de los Aranalejos. Vemos como los buitres las sobrevuelan y como van entrando. Es una auténtica pasada. Dejamos El Pico de la Bañuela con 1323 m de altitud. Es el más alto de Sierra Morena. Desde aquí y hasta el final de la ruta ya será un continuo sube y baja rompepiernas que hace que acabemos la ruta bastante cansados.
En resumen fue una ruta preciosa de 47 kilómetros que aunque se hizo algo pesada en los últimos kilómetros debido a su dureza nos dejó a los cuatro la sensación de habérnoslo pasado como los indios.
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